Sueños de un fotógrafo amateur

Sueños de un fotógrafo amateur

La juventud, siempre con visiones de futuro un tanto distorsionadas y estrambóticas; yo, como todos los chicos y chicas de entre 14-17 años, también las tuve. Luego, cuando sales del envoltorio de los padres, te das cuenta que, y por emplear las palabras del filósofo –no todo es del color del cristal con que se mira– ni se cumplen todos los sueños de un fotógrafo amateur.

Con esas edades yo quería estudiar relojería, hacer fotografía, saber tocar la guitarra, ser piloto de aviones y hacer la mili en la Legión Extranjera. Me gustaban todos los deportes y llegué a soñar con el Tour de Francia, y más tarde con el Paris/Dakar. Un día un amigo me propuso cambiar guantes con él. Hicimos un pequeño round en la terraza de su casa; me largó un directo en plena nariz y me curé para siempre de ese deporte.

Como pueden suponer no estudié relojería, compré una guitarra que no se tocar, olvidé los aviones para siempre y no hice la mili, porque los que llevaban más de 15 años en el extranjero podían pagar en el Consulado con divisa oro. Estudié Peritaje Mercantil y me convertí en contable. Seguí asiduamente con los deportes, con preferencia por el atletismo.

Fotografía en blanco y negro de la mirada de una mujer envuelta en un pañuelo
Mirada de un fotógrafo amateur

Lo único que acaricié con cariño, como reliquia de un tiempo de niñez fue la fotografía. Siempre tuve una cámara fotográfica. Eran cámaras cuadradas, que se colgaban al cuello, bajaban hasta la cintura, se enfocaban desde arriba y, sencillamente se disparaban. Si te olvidabas de darle la vuelta manualmente al carrete, montabas una foto encima de otra…

Aún puedo visualizar esas viejas cámaras de fotos (han pasado 60 años muy largos). Eran máquinas sin grandes pretensiones, con carretes de 12 ó 24 fotos si no recuerdo mal, y por supuesto en blanco y negro. Más tarde llegaron las de 36 fotos, el color, recargando cada disparo al estilo de los Winchester.

Mas adelante aún, me enteré que había que tener en cuenta la escala Din, la distancia focal, la profundidad de campo, disparar de espaldas al sol, los filtros, la apertura del diafragma, el uso del flash, la calidad de las lentes, la climatología… Y la verdad, con tantas cosas por estudiar y con un aparato muy normalito, todo eso me sobrepasaba y decidí no tener que pasar un bachiller para sacar una fotografía. Me acomodé en un conformismo barato y sin grandes pretensiones. Sigo sin embargo admirando las buenas fotografías, y sé que, como en todas las artes, la buena foto sobrevive y habla.

Hoy, leyendo las publicaciones de todos los componentes de Trucofoto, me abruman más aún todas las nuevas técnicas que proponen, por lo que digo con toda la humildad del mundo y con el corazón en la mano: “…zapatero, a tus zapatos…” y, a todos esos sabuesos de la fotografía, les hago una larga y profunda reverencia al estilo de los mosqueteros…

Sin embargo, a veces, un fotógrafo amateur inquieto quiere fotografiar la excepción, la ninfa que se presenta ante sus ojos en un momento determinado y, con ese famoso ronroneo del clic, sale una fotografía como la que muestro y tuve la suerte de sacar con un triste teléfono/cámara fotográfica durante un viaje en Casablanca. El arte sigue y seguirá predominando siempre, mientras que el presunto artista quiera, lo piense, pero sobre todo, lo sienta interiormente.

 

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