Fotografía con Historia

La historia de la fotógrafia pasa por el Hammurabi, una de las primeras leyes escritas de la Historia
el código de Hammurabi, una de las primeras leyes escritas de la Historia

La historia de la fotografía no es más que la historia de la humanidad. Todo lo que ha ocurrido desde tiempos remotos ha provocado que hoy sea lo que es: un comensal vestido de arte que entró como invitado de piedra y no tardó en convertirse en uno de los protagonistas principales.

Desde el túnel de tiempos remotos, la comunicación entre los hombres ha sufrido alteraciones que no escapan al ojo crítico de cualquier investigador. Esto ya quedó patente (allá por 1977) con “Raíces”, la famosa serie televisiva de la historia de Kunta Kinte.

El conocimiento de todo ser humano se trasmitía por vía oral. Eran épocas antiguas donde los medios de comunicación no existían y las historias se transmitían de padres a hijos; desde secretos familiares para la fabricación de ciertos utensilios hasta potingues de todo tipo para los curanderos, mal de ojo, etc.

Los contactos entre las primeras civilizaciones, Cromañon, Neanderthal, Olduwai (Lucy) etc. fue abriendo el conocimiento de dialectos entre esos primeros pobladores. De ahí, nacieron los escritos (estelas) y las lenguas (copto, arameo, jeroglíficos, griego y otras tantas Indoeuropeas y asiáticas) en varios lugares del planeta.

La historia de la fotógrafia pasa por el Hammurabi, una de las primeras leyes escritas de la Historia
El código de Hammurabi, una de las primeras leyes escritas de la Historia

Los historiadores no se ponen muy de acuerdo sobre los primeros asentamientos humanos dentro de un orden cronológico real e irrefutable. Algunos lo sitúan en Mesopotámia (o tierra entre dos ríos – Eufrates/Tigris), otros en Egipto, otros en China, y hay quienes, incluso, en la provincia de Huelva (Tartessos – Adolf Schulten).

Pasado ese primer periodo prehistórico, o mejor paleontológico, podemos considerar que la invención de la imprenta fue la clave del conocimiento humano. Luego llegó el cine mudo en blanco y negro y, en ese mismo siglo XIX, apareció la fotografía. Aunque para hablar de historia de la fotografía como tal no debemos olvidar que ya en época de Leonardo da Vinci se hicieron los primeros ensayos con una cámara oscura…

La primera descripción completa e ilustrada sobre el funcionamiento de la cámara oscura, aparece en los manuscritos de Leonardo da VinciEn un primer momento la foto estática, sin grandes pretensiones y avances técnicos quedó relegada a un segundo plano y sólo acontecimientos importantes eran fotografiados para la posteridad. Por el contrario, la divulgación escrita tenía un porvenir asegurado; mientras que el cine, aunque fuera mudo y en blanco y negro, era un entretenimiento que también tenía unas perspectivas bastante alentadoras.

Todo ese mundillo de la información y del espectáculo evoluciona y un buen día, sobre finales del siglo XX vemos dar un salto a la fotografía en general. Es un momento clave en la historia de la fotografía. La foto quiere un lugar en el sol, quiere imperar y brillar con luz propia imponiendo su propia Ley. Todo transcurre de esa forma, hasta que un día, la fotografía se convierte en imprescindible, ya no es un accesorio o complemento de otras artes…

Foto que muestra la historia de la fotógrafia

Cada detalle de la forma en que hemos ido evolucionando ayuda a realzar la figura de la fotografía. Cada vez somos más consumidores de información y cada vez esa información necesita ser más visual. Tal es así que, hoy en día, la mayoría de las empresas necesitan sí o sí su departamento de comunicación o información y fotográfico. Los accidentes, las multas de tráfico, la construcción, los apartamentos, los muebles, las bodas, las publicidad de los grandes almacenes, las investigaciones policiales o arqueológicas, y un largo etcétera. Ya no hablamos de un invitado de piedra, hablamos de una realidad palpable que ha llegado a la cumbre por méritos propios.

Que estamos en una sociedad cada vez más visual es una realidad, no obstante, ¿Qué lugar ocupa la fotografía – no solo como arte sino también como algo funcional? ¿Podríamos afirmar que hasta cierto punto ha desbancado a otros artes como el cine o la literatura? En mi opinión, Literatura, Cine y Fotografía conforman un trío de ases inigualable que conviene respetar en la justa medida; pero siempre pensando por supuesto, que: “…Al Cesar hay que darle lo que pertenece al Cesar…”

el fotografo sin acento y su fotografía sin historia

el fotografo sin acento y su fotografía sin historiaPuede parecer una paradoja, incluso un contrasentido, hablar de “fotografo” y fotógrafo o de “fotografia” y fotografía. Como ya comenté en uno de mis artículos hay millones de fotógrafos y muy pocos profesionales que son auténticos superdotados.

Me consta que nadie saca una fotografía pensando que perdurará, se hará famosa y quedará en los anales históricos como una obra maestra, sin embargo, me han enseñado fotografías que, según el autor, eran muy buenas y la verdad…….. ¿os ha pasado también a vosotros?

Otro caso distinto, son las fotografías de una boda de Reyes o personajes relevantes, de una conferencia entre hombres de Estado o de un cataclismo. Estas pueden tener una importancia relativa, pero siempre dentro de un contexto puramente histórico, del cual los medios se nutren constamente. Las demás, son el pan nuestro de cada día, en cambio, la verdadera fotografía hecha por el verdadero profesional, ni siquiera necesita carta de presentación.

En cuanto a la fotografía sin historia, tenemos un ejemplo patente en cualquier foto realizada por el clásico turista que ha comprado la mejor cámara del mercado para hacer uso de dos funciones: “on/off” y “click”. A continuación, nuestro “fotografo” comparte con su familia y amigos una fotografía hecha en el Campo de Marte con la Torre Eiffel de fondo. Me pregunto cuál fue su intención subconsciente antes de hacer la instantánea… ¿demostrar que está en París, o contar una historia alrededor de esa fantástica obra?

el fotografo sin acento y su fotografía sin historiaEn uno de mis múltiples viajes a lugares de inconfundible belleza como Holanda, Kenia o Egypto mi mujer me reprochaba: – tú no estás en casi ninguna…  – Y era cierto, pero ¿dónde está la notoriedad: en la persona, que en ese caso era yo, o en el entorno que pisa?

Y es que, en ocasiones, para acentuar esa belleza que te rodea, es necesario documentar tu fotografía. La Torre Eiffel, por ejemplo, todo el mundo sabe que es el emblema de Paris, pero muy pocos conocen su historia: ¿En qué siglo se construyó?, ¿cuál fue el motivo?, ¿París fué en realidad la primera ciudad que el artista escogió para construir esa fantastica obra?, ¿cada cuánto es necesario pintarla?, ¿en cuánto tiempo se construyó?, ¿cuántos metros mide?. Cualquier dato de esos que quede patente en nuestra escena la enriquecería considerablemente.

Recuerdo que al principio sacaba videos “olvidando” a veces las palabras del guía de turno que iba siempre por delante de mí. Terminé desechando la cámara de video y empecé a sacar fotos puntuales pero con historias, las mismas que contaban los guías.

Dejando a un lado la diferencia entre “fotografo” y fotógrafo, personalmente considero que una fotografía sin historia es un sucedáneo y, a título de muestra, propongo esta foto muy sugestiva pero que dice poco si no se conoce la epopeya y la historia del personaje y, por supuesto, el enclave actual del monumento.

el fotografo sin acento y su fotografía sin historia

Otro ejemplo que prueba la relación directa entre fotografía e historia quedó evidente con “La maleta mexicana“. Gracias a la información escrita de Robert Capa, se pudieron localizar lugares exactos 80 años después, donde esas fotografías fueron tomadas. Así que recordad: una buena fotografía siempre aumenta su valor cuando lleva de la mano una buena información.

Hoy no mostraré una o varias fotografías, mejores o peores, para demostrar mi presunto arte, del que además carezco, para sacar una súper fotografía. La Fotografía, en general, quedará reflejada en el propio texto y con sus propias elementos. Si la primera fotografía tiene cerca de 200 años, la realidad de la auténtica fotografía ha representado una incesante y magnífica singladura desde que apareció este nuevo método de desbancar en cierto modo pinturas rupestres, grabados, esculturas de bulto redondo, altos y bajos relieves, y otras genialidades de conocidos o desconocidos artistas.

Cuando el –primer fotógrafo– francés Niépce empezó su inédita andadura fotográfica necesitó 8 horas de exposición a plena luz del día para obtener sus imágenes. Así, se puede considerar que la primera fotografía que se conserva es Vista desde la ventana en Le Gras.

Fotografía en blanco y negro de la primera fotografía conservada: 'Vista desde la ventana en Le Gras'
“Vista desde la ventana en Le Gras”, fotografía de Joseph Nicéphore Niépce

Por tanto, aunque las referencias iniciales empezaron casi al final de la Edad Media, se puede afirmar que la verdadera fotografía se remonta a principios del siglo XIX con esta imagen, popularmente considerada la primera fotografía de la historia.

Resulta patente que a principios del siglo XX la fotografía no había alcanzado aún su mayoría de edad y sin embargo ya había pasado un largo siglo. Las fotografías eran recuerdos de acontecimientos importantes o familiares para algunos medios y para la posteridad. La importancia de la fotografía era tan relativa que prácticamente todo el mundo sacaba fotos pero el interés práctico o mediático era casi nulo.

Desde la primera fotografía y después de un lento caminar, algunos avispados vieron las múltiples ventajas que podían ofrecer esas imágenes que se reproducían a gran velocidad a gusto del consumidor, pero sobre todo abarcando infinidad de posibilidades.

Mas adelante llegó el boom de la fotografía. Ya no era cosa de cuatro snobs, sino que extendía sus tentáculos hacia infinidad de derroteros a cual más importante. Nacieron los estudios fotográficos, los reporteros gráficos, las mil fotografías en materia de localización de investigaciones criminales, las intemporales fotografías de boda, la fotografía bélica, la fotografía social, la fotografía comercial, la fotografía industrial… Así como emplazamientos de restos arqueológicos o reconstrucción de antigüedades como el Templo de Debod de Madrid o el Templo de Abu Simbel reconstruido en otro lugar. Gracias a la fotografía se podría incluso reconstruir o restaurar los famosos Colosos de Memnón (en el sur de Egipto) como ya, en su día se rectificaron los desperfectos de la Esfinge Faraónica.

Fotografía en blanco y negro de la entrada al Templo de Ramsés II
Fotografía del “Templo de Ramsés II”, también conocido como “Templo Mayor de Abu Simbel”

La fotografía, con toda la acepción de la palabra, tomaba posiciones ilimitadas en todos los sectores de la vida ciudadana. Hace poco más de un siglo, sólo un perturbado mental podía imaginar una exposición fotográfica en una galería de cualquier ciudad; y sin embargo…

Mi recuerdo más genuino y antiguo sobre la importancia de la fotografía se remonta a medio siglo atrás aproximadamente cuando, con 12 ó 15 años de edad, mis amigos del barrio y yo pateábamos todas las calles de Casablanca para ver los carteles de los cines (fotos de secuencias de los filmes que proyectaban) para saber qué películas iríamos a ver esa semana.

Era el enfoque acorde con una época pasada. Era el ABC de una fuerza que llamaba insistentemente a la puerta de un prospero futuro. Era una palpable realidad que supo ganarse un lugar al sol, por el impulso y la férrea voluntad del hombre.

Hoy, pienso que la fotografía en general, se merece un profundo respeto y todos los honores por su gran contribución a la humanidad, incluso antes de existir tal y como la conocemos. Tal es así, que Napoleón, allá por 1800, decía a sus generales: “…Olviden los grandes informes y píntenme la situación de nuestras tropas y las del enemigo…” . ¿Acaso estas palabras no denotan cierto pensamiento fotográfico?

 

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La juventud, siempre con visiones de futuro un tanto distorsionadas y estrambóticas; yo, como todos los chicos y chicas de entre 14-17 años, también las tuve. Luego, cuando sales del envoltorio de los padres, te das cuenta que, y por emplear las palabras del filósofo –no todo es del color del cristal con que se mira– ni se cumplen todos los sueños de un fotógrafo amateur.

Con esas edades yo quería estudiar relojería, hacer fotografía, saber tocar la guitarra, ser piloto de aviones y hacer la mili en la Legión Extranjera. Me gustaban todos los deportes y llegué a soñar con el Tour de Francia, y más tarde con el Paris/Dakar. Un día un amigo me propuso cambiar guantes con él. Hicimos un pequeño round en la terraza de su casa; me largó un directo en plena nariz y me curé para siempre de ese deporte.

Como pueden suponer no estudié relojería, compré una guitarra que no se tocar, olvidé los aviones para siempre y no hice la mili, porque los que llevaban más de 15 años en el extranjero podían pagar en el Consulado con divisa oro. Estudié Peritaje Mercantil y me convertí en contable. Seguí asiduamente con los deportes, con preferencia por el atletismo.

Fotografía en blanco y negro de la mirada de una mujer envuelta en un pañuelo
Mirada de un fotógrafo amateur

Lo único que acaricié con cariño, como reliquia de un tiempo de niñez fue la fotografía. Siempre tuve una cámara fotográfica. Eran cámaras cuadradas, que se colgaban al cuello, bajaban hasta la cintura, se enfocaban desde arriba y, sencillamente se disparaban. Si te olvidabas de darle la vuelta manualmente al carrete, montabas una foto encima de otra…

Aún puedo visualizar esas viejas cámaras de fotos (han pasado 60 años muy largos). Eran máquinas sin grandes pretensiones, con carretes de 12 ó 24 fotos si no recuerdo mal, y por supuesto en blanco y negro. Más tarde llegaron las de 36 fotos, el color, recargando cada disparo al estilo de los Winchester.

Mas adelante aún, me enteré que había que tener en cuenta la escala Din, la distancia focal, la profundidad de campo, disparar de espaldas al sol, los filtros, la apertura del diafragma, el uso del flash, la calidad de las lentes, la climatología… Y la verdad, con tantas cosas por estudiar y con un aparato muy normalito, todo eso me sobrepasaba y decidí no tener que pasar un bachiller para sacar una fotografía. Me acomodé en un conformismo barato y sin grandes pretensiones. Sigo sin embargo admirando las buenas fotografías, y sé que, como en todas las artes, la buena foto sobrevive y habla.

Hoy, leyendo las publicaciones de todos los componentes de Trucofoto, me abruman más aún todas las nuevas técnicas que proponen, por lo que digo con toda la humildad del mundo y con el corazón en la mano: “…zapatero, a tus zapatos…” y, a todos esos sabuesos de la fotografía, les hago una larga y profunda reverencia al estilo de los mosqueteros…

Sin embargo, a veces, un fotógrafo amateur inquieto quiere fotografiar la excepción, la ninfa que se presenta ante sus ojos en un momento determinado y, con ese famoso ronroneo del clic, sale una fotografía como la que muestro y tuve la suerte de sacar con un triste teléfono/cámara fotográfica durante un viaje en Casablanca. El arte sigue y seguirá predominando siempre, mientras que el presunto artista quiera, lo piense, pero sobre todo, lo sienta interiormente.

 

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A muchos lectores, la rocambolesca aventura de una maleta (y por añadidura mexicana) les parecerá algo insólito o fuera de lugar, cuando de lo que se trata realmente es de dilucidar, de alguna manera, uno de los más increíbles archivos de fotografía bélica existente.

Por mi parte, las únicas maletas históricas de las que tenía referencia hasta la fecha eran: Una maleta, dos maletas, tres maletas (genial película de Louis de Funes que recomiendo a todo el mundo), El misterio de la maleta negra (otra película de mediados del s. XX) o la antigua serie El hombre del maletín. Por no hablar de una maleta mía que salió para otro destino, cuando mi destino era Nairobi (recuperada afortunadamente a los dos días). Pero en fin, esos son otros cantares y nos atendremos a la realidad.

La historia de “La Maleta Mexicana” (que bien podríamos escribir con mayúsculas) roza el enigma, lo irreal, lo imposible, ya que estamos hablando de un contenido documental fotográfico histórico considerado como uno de los más importantes del siglo XX.

En el deambular constante de esa famosa maleta durante 75 años intervinieron numerosos factores inevitables. El más importante: la Guerra Civil Española, seguido de la juventud de los tres fotógrafos protagonistas, la Segunda Guerra Mundial, la implacable persecución de los judíos por parte de los nazis, el beneplácito del franquismo hacia la causa del III Reich y, por último, la ocupación de ciertos territorios europeos por parte del ejercito alemán.

De hecho, se puede considerar que esa maleta era un verdadero polvorín para quién la tuviera mientras durara la II Guerra Mundial. Y eso, en el arte folclórico español/andaluz, tiene un símil en el eco de una canción –La Farsa Monea de Imperio Argentina– cuyo estribillo dice textualmente: “…tú serás como la falsa moneda, que de mano en mano va y ninguno se la queda…”. El épico y apasionante viaje, destierro y olvido de esa maleta, resalta, en su justo valor, la importancia de los carretes en ella contenidos ya que todos querían protegerla, algunos incluso, arriesgando sus propias vidas.

Fotografía bélica de Robert Capa - Una de las últimas fotos del miliciano Federico Borrell García con vida
Fotografía bélica de Robert Capa – Una de las últimas fotos del miliciano Federico Borrell García

Para muchos Robert Capa, húngaro y judío, era un perfecto desconocido en aquella fecha y habría seguido siéndolo a día de hoy, sin ese fabuloso reportaje fotográfico que realizó durante la Guerra Civil española, sobre los estragos y el éxodo de esa población aterrorizada en busca de la salvación en un interminable viaje hacia ninguna parte.

Al genio de Robert Capa, podemos añadir el de Gerda Taro -hija también de judíos polacos- la cual cubrió junto con Capa, parte de las fotografías de nuestra guerra fratricida. Fue la primera fotoperiodista mujer que cubrió un frente de guerra, estuvo en la batalla de Teruel y Brunete, falleciéndo en ese intento en Julio del 37 en El Escorial, con la edad de 27 años.

A esos dos temerarios reporteros tenemos que añadir al americano David Seymour, aunque nacido en Polonia (apodado “Chim”) también colaboraba con Capa y Gerda en sus expuestos reportajes en países en pie de guerra. Murió también en una de esas misiones en Suez, en el año 56 a los 47 años de edad.

Antes de que Alemania aplastara literalmente a Francia, Capa huyó de París dejando todos los clichés en mano de un compañero. Éste quería llevarlos a Burdeos en bicicleta, pero, encontrando un chileno por el camino, le entregó la maleta para que la llevará a la Embajada de su país con el fin de que no cayera en manos de los alemanes.

Más tarde aparece en la Embajada de México y finalmente es trasladada al Estado Federal de México donde duerme años tras años el sueño de los justos. Un día, por pura carambola, todo sale a la luz y se descubre el auténtico tesoro de fotografía bélica documental que el mundo desconocía por completo. A excepción de su hermano, quien anteriormente había tratado por todos los medios recuperar esos negativos que sabía existían.

Una fotografía bélica de Rober Capa que muestra a un miliciano en el momento de su muerte.
Fotografía bélica de Robert Capa – La muerte de un miliciano

Parte de ese asombroso archivo de fotografía bélica (de unos 4 ó 5.000 negativos, perfectamente ordenado, clasificado y documentado) fue expuesto en el Center of Photography de Nueva York, donde mas de 52 millones de personas pudieron ver la exposición. En ella, se pudieron localizar ciertos lugares -75 años después- y, curiosamente, una señora muy mayor supo reconocerse por ir sentada entre sus dos abuelos en un carro tirado por un caballo. En su reportaje, Capa habla de un niño de 4 años, pero 75 años después, se descubre que se trataba de una niña con poco más de año y medio.

Robert Capa muere con 42 años en Indochina cubriendo la Guerra de Vietnam, probablemente cerca de Bien Den Phu (paralelo 38) que los franceses no pudieron solventar. Fue corresponsal y fotoreportero de los más grandes conflictos bélicos del siglo XX. Estuvo en la guerra entre Árabes e Israelíes, la guerra sino-japonesa, la Segunda Guerra Mundial en África del Norte y Europa, el Desembarco de Normandía, la liberación de París y en la sangrienta batalla de las Ardenas.

Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour “Chim” fueron unos auténticos héroes y merecen por parte del gran público un gran respeto; por cuanto esos buscadores de riesgos, ahondando en una perfección dentro de lo que consideraban su trabajo cotidiano, entregaron sus vidas por su pasión, al margen de cualquier ideología política.

La foto de La muerte de un miliciano dio en su día la vuelta al mundo y es la cruda realidad de un realismo sin tapujos. En la primera toma se ve a un miliciano levantando su arma con un semblante sonriente y seguro de si mismo y en la segunda, ese mismo saldado, cayendo prácticamente muerto, alcanzado por las balas del enemigo. Este soldado, natural de Alcoy de 25 años de edad, se llamaba Federico Borrell García, y el crimen no fue en Granada como el de Federico García Lorca, sino que fue abatido en el famoso Cerro Muriano de la sierra cordobesa. Los expertos afirman que esa foto fue, y es a día de hoy, el icono de la Guerra Civil Española.

En la actualidad, y para confirmar la peligrosidad de semejante trabajo, sabemos que en lo que va de año han caído 17 profesionales (reporteros, fotógrafos o corresponsales) en diversos frentes.

 

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Aquellos ojos verdes, es el título de la genial balada o bolero que interpretaron en su día –hace ya varios lustros- Antonio Machín y el trio mexicano Los Panchos. Arte folclórico, que bien podría ser objeto de un artículo en el que hablaríamos de música, interpretaciones, autores… pero nos alejaríamos de nuestro objetivo: la fotografía de una mirada.

Me gusta jugar con las palabras, me gusta hacer paralelismos, incluso comparaciones porque vivo el Arte en general. Me gusta, en definitiva, toda creación donde de un día para otro surge algo de esa nada de la que se parte. Si viajas y observas la naturaleza, la propia creación es pura obra de arte. Para mí es una forma de entender y soñar el Arte en todas sus facetas, en todo su esplendor.

Fotografía en blanco y negro de los primeros planos de Sharbat Gula separados por un intervalo de 17 años
Fotografía de Sharbat Gula, por Steve MacCallum

He iniciado este artículo hablando de un pasado que todo el mundo recuerda: ¿Qué lector de Trucofoto no recuerda los preciosos ojos verdes de esa linda chiquilla afgana de nombre Sharbat Gula, que inundaron un día las portadas de no pocos medios de comunicación, incluido el prestigioso National Geographic?

Esta foto, la sacó el profesor americano Steve McCallum, cuando la niña tenía 12 años, había perdido sus padres en la guerra de Afganistán y vivía en un campo de refugiados en Pakistán.

Diecisiete años después, el mismo fotógrafo logró localizarla, y supo reconocerla, a pesar de que sus facciones se habían endurecido considerablemente. La expresión de esos envidiables y fabulosos ojos verdes seguía siendo la misma, aunque con una mirada mucho más fatigada. Un estudio por parte de expertos analizaron las dos fotos y afirmaron que se trataba de la misma persona.

Sin temor a equivocarme, puedo asegurar que la primera foto fue la visión espontanea de un buscador de sueños. La segunda una auténtica proeza; la envidiable maratón de un fotógrafo en busca de una realidad viviente, ya que en esos países y más en un campo de refugiados, es misión casi imposible haberla encontrado.

Os recomiendo leer algunos de los artículos que se publicaron al respecto, ya que la fotografía de una mirada como ésta puede tener, a través del tiempo, el mismo impacto que la del Che Guevara o la de Marilyn Monroe (con su vestido blanco al viento) -No se trata pues de simples fotos, se trata de obras imborrables siempre presentes y recordadas.

Una cosa que nadie parece haber advertido es que la joven tiene “ojos de gato”. Es decir, el iris del ojo humano en sentido vertical como los gatos, en lugar de circular como prácticamente todo el mundo (algunos científicos afirman que esos ojos existen en ciertos seres humanos y, si no me equivoco, hace tiempo leí en una revista especializada que Brad Pitt podría ser uno de ellos). Tal vez, sea ese el secreto del éxito de la fotografía de una mirada como ésta.

 

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Ángel Carrera Calero.- Un día, sin más, descubres que lo increíble estaba en todo lo que te rodeaba y no en lo que salías a buscar una y otra vez, cámara en mano. Te das cuenta de que mientras te preocupabas por inmortalizar momentos que considerabas irrepetibles -como tu viaje a Londres- olvidaste mirar a tu alrededor y fotografiar lo cotidiano. Es ahí cuando llegas a la conclusión de que aquello que considerabas normal, era el verdadero “momento irrepetible”, pero ya es demasiado tarde…

Yo viví ese fatídico día hace un par de años -tal vez tres- cuando fuimos parte de mi pequeña familia y yo a un lugar que dejé de pisar hace unos 40 años, pero que llevo en mi corazón como un estandarte al viento. Allí pasé las tres décadas más felices de mi vida, aunque tampoco me puedo quejar del resto. La realidad es que esos treinta años fueron los de toda mi juventud, mis juegos, mi escuela -parvulario, primaria y estudios superiores- mis primeras novias, así como mis primeros trabajos y grandes amigos. Obviamente también, me fui percatando de las grandes dificultades y trabas que te acechan “a mitad de camino”.

Fotografía en blanco y negro de un plano medio de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman
Fotografía de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman durante el rodaje de la película “Casablanca”

Volví a Casablanca, mi Casablanca, a la Casablanca que me vio crecer, pero ésta… ya no era la que yo tenía grabada en mi memoria. No se veían bicicletas, las vías estaban repletas de coches. Las calles también eran distintas, la mayoría de sus nombres ya no eran los mismos. Por otra parte, en 15 días no vi más de 10 europeos y en los bares ya no servían vino o cerveza (prohibidos a todo musulmán por el Corán).

Su Medina no desparejaba con la que conocí, sus zocos tampoco, sus fabulosas playas y la suave temperatura de un envidiable litoral costero seguían ahí… donde siempre soplaba la brisa marina, pero esas calles predilectas que patearon mil veces nuestros pies (de amigos y juegos de juventud) no parecían las mismas. Casablanca seguía siendo Casablanca, con su fabulosa Mezquita, su Bijdiha -ahora llamada Habbous– su Derb Ghalef, su Maarif, su stade Marcel Cerdan -ahora llamado Mohamed V- así como su famosa catedral. Todo eso y mucho más seguía allí, pero esa Casablanca ya no era la mía…

Esta pequeña historia, que yo llamaría “un retorno al pasado”, la uso para sugerir a todo artista –fotógrafo, pintor o escritor- que no olvide capturar su momento a través de la fotografía, pintura o escritura para que cuando éste se convierta en pasado, todo esté tal y como lo conoció. Por esa divina juventud de la que hablo, hemos pasado todos y luego, pasados los años será tarde para intentar plasmarla, demasiado tarde; sólo vivirá en tu mente, en tus recuerdos. Y, como dije al principio, son momentos irrepetibles… ¡Si los estás viviendo aprovéchalos y comienza a fotografiar lo cotidiano… no te arrepentirás!

 

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¿Dirías que tienes estilo?, ¿cuál piensas que es tu sello personal cuando haces una fotografía? Si no has sabido responder: malo. Pero no se trata de desanimarte, ni mucho menos, lo que me gustaría que supieras -por medio de este artículo- es si tienes personalidad fotográfica. En caso afirmativo, ¡mímal@!, y si aún no has definido tu manera singular de hacer fotografía, ¡descúbrela!

Fotografía en blanco y negro de una mujer bajo su paraguas entre una hilera de casitas y una valla
Fotografía del artista Gustavo Ángel

Han pasado varias décadas desde que un joven pariente mío -sordomudo y artista donde los haya- pintó este cuadro para mí, en el que se ve una mujer con un paraguas pasando detrás de una valla de madera, en su pueblo natal: Valverde del Camino (Huelva).

Al entregarme el cuadro me di cuenta que la valla no guardaba las normas clásicas de una valla, ya que los palos verticales deberían estar por delante -o por detrás- de los largueros horizontales, que dan -en realidad- el soporte a toda la valla. Por tanto, esta parecía cortada de un tablero, donde palos y travesaños parecían pertenecer a la misma pieza.

Le hice el comentario al pintor y éste, sin pensarlo lo más mínimo, me contestó -en su trabado pero perfectamente comprensible lenguaje- que así es como lo veía el artista… tirando toda mi lógica por los suelos. ¿Qué quiero contar con éste ejemplo? Que el profano no puede, ni debe, incidir en la visión global y creativa del artista, ya sea pintor, fotógrafo, arquitecto, escritor, etc.

A pesar de esto, todos, incluso los grandes, han recibido fuertes críticas hacia su obra o estilo. Gaudí, por ejemplo, al que otros arquitectos le dijeron que su Sagrada Familia de Barcelona no aguantaría hasta el final de la obra, o la mismísima Torre Eiffel, que fue considerada en su día como un “pegote” por una legión de detractores…

Un día le enseñé a un fotógrafo -y excelente pintor- una de mis pocas creaciones pictóricas, un San Juan Bautista con su cordero. Recuerdo que para mí estaba bastante bien, ya que cuidaba hasta el más mínimo detalle.  Su comentario me desmoronó por completo: “…No busques nunca la perfección, porque no existe, siempre habrá alguien que lo hará mejor que tú…”.

Crea tu estilo propio, inventa, encuentra una realidad incluso donde no la hay, y no te apartes nunca de tu propio estilo, ya que con el tiempo acabará siendo tu sello personal. No podemos olvidar en ningún momento que las artes, sean de la índole que sean, seguirán siempre un proceso evolutivo relacionado con el tiempo.

Miró construyó su propio estilo, Dalí y Picasso crearon formas surrealistas, así como la pintura Dada y el Collage -que tuvieron su época dorada- como ocurrió también con el realismo, el impresionismo, el cubismo, etc. La época de Rembrandt, Miguel Ángel, Velázquez, Zurbarán o el Greco había pasado. El detalle importaba poco. Lo novedoso, lo creativo llamaba ya a la puerta de un futuro naciente.

Dejemos pues, que el fotógrafo siga su camino, su inspiración, sus impulsos, invente nuevas sensaciones, nuevos motivos… dejémosle recrear su estilo propio, aunque en ocasiones parezca algo incomprensible o descalabrado, porque éste será, a la larga, su “cachet” particular.

 

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Una de las principales diferencias entre “el que tiene una reflex” y el fotógrafo profesional, es que éste último siempre persigue contar algo más a través de su fotografía. Dentro del campo de la foto callejera, esa diferencia, también se hace palpable. El experto sale a la calle con una idea preconcebida de lo que será su foto con historia, siempre preparado a que aparezca ese momento mágico y oportuno. Después de ese instante -y gracias a él- esa fotografía puede hablar por si sola.

Dicen -o decimos los historiadores- que para que un hecho se convierta en Historia tienen que pasar, al menos, 100 años. En cambio, esta foto realizada entre Mayo y Junio de 2013 ya lo es.

Fotografía en blanco y negro de las siluetas de unos hombres a orillas del mar en busca de cobertura móvil
‘Señal’, una foto con historia, fue la ganadora del premio World Press Photo

La imagen habla en su abrumador silencio… La noche refleja el momento óptimo del desembarco en una desconocida playa de inmigrantes. Las débiles luces de los móviles buscando cobertura anuncian nuevos derroteros para esos prófugos o exiliados. La sensación de grupo entre los protagonistas confirma el dicho: la unión hace la fuerza. Y como guinda, un fondo de excepción: la soledad de la playa en la noche.

Se me ocurren muchas razones por las que esta instantánea es Historia antes de tiempo y será Historia en el tiempo, al igual que lo fue la Santa Inquisición, la Primera o Segunda Guerra Mundial, la Revolución Francesa, el Ku Klux Klan o el largo periodo de esclavitud. Entre todos esos motivos me quedaré con que marca y marcará una discriminación racial evidente y una desigualdad económica, educativa, social y sanitaria, entre pueblos deprimidos y pueblos capitalistas. ¿Se le puede pedir más a una sola toma?

El World Press Photo –con amplia experiencia en elegir la mejor foto con historia– ha tenido un gran acierto otorgando el primer premio al estadounidense John Stanmeyer, gracias a esta fotografía llamada ‘Señal’, que es capaz de combinar de manera magistral la Historia con las verdades actuales.

 

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Podría haber presentado esta historia de mil maneras distintas, pero he querido recrear la evolución de este proceso tal y como se desarrolló en realidad, o al menos, en mi realidad: con un fotógrafo ambulante y una niña sentada en un poni.

Fotografían en blanco y negro de una niña sentada en un poni de cartón piedra
La niña del poni, inmortalizada por el fotógrafo ambulante

Hace medio siglo aproximadamente, una señora que vivía en Madrid, en el popular y bullicioso barrio de Vallecas cerca del Mercado de Doña Carlota, bajaba por la calle Peña Prieta para ir a comprar en la famosa y renombrada tienda de “El Punto”, hoy cerrada por los motivos que todos conocemos…

Antes de llegar, la señora encuentra a su padre y ambos prosiguen la suave pendiente de la calzada, hacia la Avenida de Barcelona. A medio camino, el paso estaba casi cortado por la estrechez de la acera, un fotógrafo ambulante -que yo llamaría “rural”- y un poni de cartón piedra.

Entre la multitud, ese personaje anónimo, de unos 45 años aproximadamente, se fijó en la belleza de la niña que llevaba la señora y, empleando su argot comercial o su propio marketing particular; dijo: “… Señora, ¿va usted a desperdiciar la oportunidad de inmortalizar semejante cromo de inocencia y belleza…?”

Tras un breve tira y afloja dinerario, el fotógrafo se lleva el gato a agua por mil razones. Acto seguido, mete su cabeza bajo una tela, pone una placa en la alta cámara con trípode de madera, enfoca, levanta la mano y sentencia: “… Cuidado que va a salir un pajarito…”. Un destello de luz. Y la fotografía inicia su propio camino…

 

Pasa el tiempo y piensas en el trabajo descomunal de esos auténticos esforzados y pioneros de la foto: llevar todo el artilugio a cuestas, encontrar el lugar adecuado, sortear el calor, la lluvia, el frío y esperar la buena acogida por parte de un público medianamente benévolo.

Luego, una sabia composición de retoques, recreando una naturaleza relacionada con el corcel y el jinete; eliminando calles, coches, transeúntes, escaparates, etc.… Por último, plasmar la foto en un panel de isorel, enmarcar el todo y citar al interesado para días más adelante… (Internet no existía por aquel entonces y eso representaba un trabajo muy considerable).

Han pasado casi 50 años, el tiempo ha descolorido los brillantes colores de antaño, pero el trabajo del abnegado e ingenioso fotógrafo subsiste.

Y, como quiera que toda historia, cuento, o escrito en general, tiene un preludio, pero también un epílogo; diré que el padre de esa joven señora era mi suegro y que esa amazona de porcelana azul tiene nombre y apellidos: es mi hija.

Por otra parte, no se que habrá sido de aquel fotógrafo ambulante, solo se que el precio que mi suegro pagó por aquel entonces es ridículo, y sería igualmente ridículo si lo multiplico por 10, ya que las sensaciones que me produce mirar aquella fotografía no tienen precio.

 

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