El fotógrafo ambulante y la niña del poni

El fotógrafo ambulante y la niña del poni

Podría haber presentado esta historia de mil maneras distintas, pero he querido recrear la evolución de este proceso tal y como se desarrolló en realidad, o al menos, en mi realidad: con un fotógrafo ambulante y una niña sentada en un poni.

Fotografían en blanco y negro de una niña sentada en un poni de cartón piedra
La niña del poni, inmortalizada por el fotógrafo ambulante

Hace medio siglo aproximadamente, una señora que vivía en Madrid, en el popular y bullicioso barrio de Vallecas cerca del Mercado de Doña Carlota, bajaba por la calle Peña Prieta para ir a comprar en la famosa y renombrada tienda de “El Punto”, hoy cerrada por los motivos que todos conocemos…

Antes de llegar, la señora encuentra a su padre y ambos prosiguen la suave pendiente de la calzada, hacia la Avenida de Barcelona. A medio camino, el paso estaba casi cortado por la estrechez de la acera, un fotógrafo ambulante -que yo llamaría “rural”- y un poni de cartón piedra.

Entre la multitud, ese personaje anónimo, de unos 45 años aproximadamente, se fijó en la belleza de la niña que llevaba la señora y, empleando su argot comercial o su propio marketing particular; dijo: “… Señora, ¿va usted a desperdiciar la oportunidad de inmortalizar semejante cromo de inocencia y belleza…?”

Tras un breve tira y afloja dinerario, el fotógrafo se lleva el gato a agua por mil razones. Acto seguido, mete su cabeza bajo una tela, pone una placa en la alta cámara con trípode de madera, enfoca, levanta la mano y sentencia: “… Cuidado que va a salir un pajarito…”. Un destello de luz. Y la fotografía inicia su propio camino…

 

Pasa el tiempo y piensas en el trabajo descomunal de esos auténticos esforzados y pioneros de la foto: llevar todo el artilugio a cuestas, encontrar el lugar adecuado, sortear el calor, la lluvia, el frío y esperar la buena acogida por parte de un público medianamente benévolo.

Luego, una sabia composición de retoques, recreando una naturaleza relacionada con el corcel y el jinete; eliminando calles, coches, transeúntes, escaparates, etc.… Por último, plasmar la foto en un panel de isorel, enmarcar el todo y citar al interesado para días más adelante… (Internet no existía por aquel entonces y eso representaba un trabajo muy considerable).

Han pasado casi 50 años, el tiempo ha descolorido los brillantes colores de antaño, pero el trabajo del abnegado e ingenioso fotógrafo subsiste.

Y, como quiera que toda historia, cuento, o escrito en general, tiene un preludio, pero también un epílogo; diré que el padre de esa joven señora era mi suegro y que esa amazona de porcelana azul tiene nombre y apellidos: es mi hija.

Por otra parte, no se que habrá sido de aquel fotógrafo ambulante, solo se que el precio que mi suegro pagó por aquel entonces es ridículo, y sería igualmente ridículo si lo multiplico por 10, ya que las sensaciones que me produce mirar aquella fotografía no tienen precio.

 

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